Reseña sobre “El diluvio de Rosaura Albina” por Martín Camps

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11148446_820480418041214_177275365923203042_nCueto, Fernando. El diluvio de Rosaura Albina. Chimbote: Santuario Editorial, 2014. ISBN 978-612-46703-4-3. Pp. 597.

Fernando Cueto (Chimbote, Perú, 1964) en su más reciente novela, El diluvio de Rosaura Albina, narra la historia de Chimbote, una ciudad costera de Perú contada a través del lente de las trabajadoras de la noche. Los burdeles, por supuesto, tienen una función carnavalesca en el sentido bajtiniano, son válvulas sociales de escape y el sitio para el desfogue. Podemos leer esta novela como un ejemplo del mundo alrevesado, un territorio metafórico para explorar otro mundo posible, para relajar las normas sociales y religiosas. En toda ciudad, en el entramado de su damero ordenado se encuentra siempre una casa o varias, con las luces encendidas en horas non sanctas, como La hornacina o El Milagro en Chimbote, que alteran el orden establecido para hacernos ver el lado juguetón de la existencia y modificar la fuerza gravitacional y el peso de las leyes morales y sociales.
El diluvio de Rosaura Albina se une a otras novelas donde aflora el tema de un burdel, baste recordar La casa verde, Pantaleón y las visitadoras, de su coterráneo Mario Vargas Llosa, también El lugar sin límites de José Donoso, o el cuento “La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada” de García Márquez, así como el personaje de Pilar Ternera en Cien años de soledad. El linaje de las prostitutas en la literatura se remonta lejos y por eso se le conoce como una de las profesiones más antiguas. La mujer que nos ocupa en la novela se llama Rosaura Albina, dice el narrador: “Se llamaba Rosaura Albina, era hija de un albañil alcohólico y de una lavandera de ropa ajena del barrio de la Soledad; tenía apenas quince añitos pero -ya se había tirado al río-” (115). Como otros narradores que han hecho de su región o pueblo real o ficticio el motivo de temas universales, por ejemplo el condado de Yoknapatawpha en William Faulkner, Klay City en la obra del chicano Rolando Hinojosa Smith, Macondo en García Márquez, Comala en Juan Rulfo, en Fernando Cueto es la ciudad verdadera de Chimbote, a 420 kilómetros de Lima en la costa peruana que ya había sido novelada por José María Arguedas en su libro póstumo El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971) que narra el boom pesquero en Chimbote. Así describe el narrador de Rosaura Albina este puerto:
-Ay, carajo, si supieras. Allá nadie se muere de hambre, sus aguas están cargadas de peces y su campiña llena de frutos. Sólo hace falta estirar la mano y abrir la boca para que uno se dé por satisfecho. Además, es un lugar nuevo, en plena formación, ideal para que puedas hacerte dueño de lo que quieras. La gente dice que queda en el culo del mundo, pero, para mí, es el mejor lugar de la Tierra, el más rico. Si todavía quieres hacer patria, tienes que ir a Chimbote. (127)
La novela es una historia de amor entre Rosaura Albina y Serafín Beteta, un respetable juez que clausuraba prostíbulos y odiaba a los homosexuales pero cuyo único hermano era “un redomado chivo” y su hija, Remedios Beteta, una bella mujer que desde joven también se dedica a la prostitución. Rosaura es una madama que es flanqueada por Gioconda una jorobada, Pimpinela la enana y Clavelina la coja.
Las descripciones de los encuentros en el burdel son candentes, por ejemplo, el personaje de Aurora, una muda que se convierte en la estrella del burdel, quien era “una licuadora de mil velocidades, que todo lo que Dios le había quitado en la lengua, se lo había agregado en la zorra” (183) o la enana Pimpinela que era una maravilla en la cama por la atracción masculina a lo extraño y lo inusual. El burdel sufre varios descalabros: la clausura por la muerte de una trabajadora sexual, el robo de las socias de Rosaura por parte de un circo, pero que resulta no ser verdad sino que huyeron para abrir sus propios negocios; también la peste de las enfermedades de transmisión sexual y la competencia entre otros burdeles como el de Altisidora, la española.
La novela se hila con historias fabulosas, de personajes como “La Vikinga” que “tenía una técnica nueva para encarar las cosas: esperaba a sus amantes de turno desnuda en el cuarto, sentada en cuclillas sobre la cama, enseñando la vagina expuesta y ofrecida, abierta como un arca, misteriosa como una boca a punto de echarse a contar una leyenda” (321). También el personaje de “Lupe” una mujer que no se medía en el sexo o la comida con “su piel adiposa achicharrándose en el fuego de la pasión” (392). O el excentricismo de Doménico Bianchi, el italiano maniático de los olores y que se enamora de Remedios pero muere en un accidente de auto.
La novela tiene varios visos humorosos, por ejemplo el dicho común en Chimbote de que “Cuando a una muchacha se le acaba la esperanza, el único camino que le queda es el milagro” (269) en referencia al nombre del meretricio conocido como “El milagro”; o cuando un grupo de viejos en el climaterio se entretenían mirando pasar a las prostitutas de La Huaracina ellas se reían de ellos llamándolos “la isla de los pájaros muertos” (346).
Como otras novelas totales al estilo del boom latinoamericano, El diluvio de Rosaura Albina sigue una espiral dialéctica del tiempo. El personaje se va quedando solo como si fuera una habitante del laberinto de la soledad paziano o macondiano, dice el narrador: “Rosaura Albina se convenció de que esa era su suerte, de que estaba condenada a la soledad” (362). Remedios se convierte también en una madama y se enamora de un boticario, Severino Percebes, cuando este la ponía una inyección, dice el narrador: “acababa de descubrir unas nalgas portentosas, las más grandes y redondas de todas las que había visto en su vida” (445). Remedios también abre eventualmente un prostíbulo, El eclipse, luego El vergel, y aquí surge de nuevo la idea del mundo patas para arriba como una manera de trastocar el orden establecido:
Y esta ha sido, creo yo, la contribución que Remedios ha hecho: Acabar de un solo plumazo con la hipocresía que reinaba en este puerto. Abrir un espacio a la verdad, una puerta falsa para que los hombres y mujeres, o lo que sean, se escapen por ella y muestren sus verdaderos rostros, con autenticidad, tal cual sus madres los han echado al mundo. (515)
Remedios admite, ante la pregunta de Altisidora, de por qué se dedicó a la prostitución, ella responde: “Por gusto, mi reina, por puro gusto. Creo que ha sido mi vocación” (534). Es decir, si en novelas como Santa (1903) del mexicano Federico Gamboa, el personaje femenino ha sido burlado por un hombre al robar su virginidad y la mujer tiene como único refugio el prostíbulo, en el mundo de Cueto, la mujer es la que decide hacerlo por su propia cuenta, no es forzada a una vida que ella no pretende.
La novela termina con la llegada de un cometa, justo como al inicio de la novela, un cometa que trae además a unos espectros que le anuncian la muerte de Serafín Beteta. La novela al final adquiere un tono apocalíptico, poco antes de que se desate el diluvio. El apocalipsis, entendido no como cataclismo, sino como revelación, es el mundo al revés por antonomasia, el caos macondiano:
Pero después vinieron las nuevas generaciones, pasaron los siglos y, de un momento a otro, se desató la lujuria, empezó la fornicadera, el refocilo de todos contra todos. Y un mal día se dio el apareamiento de hermanos con hermanas, de hijos con madres y de padres con hijas, y a los meses comenzaron a salir todo tipo de engendros, criaturas con pezuñas, con colas de cerdos y cuernos de chivos. (544)
Rosaura Albina y Serafín Beteta se unen una vez más en la cama, él está en la ruina y también Rosaura, a quien le han robado su tesoro escondido. Están solos de nuevo, desnudos, como al inicio del mundo. En El diluvio de Rosaura Albina escuchamos las voces que confluyen en Chimbote, es la historia de una ciudad desde sus pasiones, contada desde la perspectiva de personajes que no tienen voz en el gran teatro del mundo, pero sí en el transvalorizado mundo al revés, que como en aquel poema de Jaime Sabines, “Canonicemos a las putas”, dice: “Oh puta amiga, amante, amada, recodo de este día de siempre, te reconozco, te canonizo a un lado de los hipócritas y los perversos, te doy todo mi dinero, te corono con hojas de yerba y me dispongo a aprender de ti todo el tiempo”. El diluvio de Rosaura Albina no es una novela prostibularia, sino la voz de un pueblo y sus historias amorosas, es también un lenguaje y una manera particular del ver el mundo en la costa peruana de Chimbote.
Martín Camps
Associate Professor at University of the Pacific(USA)

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